El joven de la foto: cuando caen los altares


Marcial Maciel Degollado junto al joven seminarista, el Hno. Miguel A. Bruchmann ( Año 2003)

Por el P. Miguel A. Bruchmann.

Yo guardo en varios cofres recuerdos de distintos momentos de mi vida. Cartas, fotografías, estampas, pequeños objetos que para cualquiera podrían parecer simples papeles viejos, pero que para uno conservan etapas enteras del alma.

Esta semana abrí algunos de esos cofres y confirmé algo que los años enseñan en silencio: algunas fotografías no envejecen, cambian de significado.

Uno se encuentra de golpe con versiones antiguas de sí mismo: más joven, más ingenuo quizá, más lleno de certezas simples, más dispuesto a creer sin tantas heridas. Y junto a uno aparecen personas que, con el tiempo, la historia terminó mostrando de otra manera.

Entonces surge una pregunta incómoda: ¿Qué hacemos cuando se cae el altar humano sobre el que habíamos apoyado parte de nuestra fe?

Porque eso es, en el fondo, la decepción espiritual.

No una simple frustración cotidiana, sino esa herida profunda que toca la confianza. Esa que llega cuando descubrimos que alguien a quien habíamos revestido de autoridad moral, de paternidad espiritual o incluso de santidad, no era lo que parecía. 

En la Iglesia existen también las apariencias de santidad.

No hablo de la fragilidad normal de todo ser humano, sino de esos liderazgos construidos sobre una imagen cuidadosamente sostenida. Hombres que aprenden a parecer padres espirituales, a manejar el lenguaje de Dios y de la entrega, mientras debajo habita una realidad mucho más oscura.

Conservo incluso cartas manuscritas de Marcial Maciel de mi tiempo de joven seminarista. En aquel momento, recibir una palabra, una cercanía, una aparente atención personal, parecía confirmación de camino. Con los años, uno descubre que a veces aquella cercanía no era verdadera paternidad, sino parte de una arquitectura de seducción espiritual cuidadosamente administrada. Eso duele.

Porque no cae solamente un hombre: se tambalea la confianza, la inocencia espiritual y hasta la propia percepción del discernimiento. Uno se pregunta si fue ingenuo, si confundió admiración con fe, si proyectó santidad donde solo había poder bien administrado. 

Y no se trata solo de grandes escándalos.

A veces hiere más la ausencia de verdadera paternidad que el pecado visible. La sensación de haber sido administrado, pero no pastoreado. De haber sido útil para una estructura, pero no verdaderamente amado como alma. De descubrir que detrás de ciertos gestos no había un padre, sino un gestor de equilibrios, prestigios y conveniencias. Eso lo he visto en Roma y también en el anglicanismo.

Porque muchos creen que basta cambiar de Iglesia, de jurisdicción o de confesión para escapar de estas heridas. Como si el problema fuera exclusivamente romano, exclusivamente anglicano o exclusivo de una institución concreta. Eso no es así.

La decepción puede vestirse de sotana o de jean, de velo o de clergyman. Puede hablar desde la solemnidad curial o desde la retórica de la reforma. El corazón humano sigue siendo el mismo, y donde hay poder y necesidad de reconocimiento, siempre aparece la tentación de construir apariencias. Por eso la santidad no se garantiza por denominación.

Hay heridas que no vienen del enemigo declarado, sino de aquellos que parecían conducirnos hacia Dios. Y esas son las más difíciles.

Pero aquí aparece una verdad decisiva: la vocación verdadera sobrevive incluso a las peores decepciones. Y esa es una prueba de autenticidad.

Si la vocación dependía de un hombre, muere con su caída. Si dependía de una estructura, se derrumba con su corrupción. Pero si dependía de Cristo, aunque atraviese escándalo, ruinas humanas y desilusiones profundas, permanece.

Tal vez herida. Tal vez más sobria. Tal vez menos ingenua, pero permanece. Ahí comienza la fe adulta.

La madurez espiritual no consiste en habitar un jardín de santos impecables, sino en aprender a caminar sobre el suelo agrietado de la Iglesia real.

Una fe adulta no deja de creer: deja de idolatrar.

Es el paso doloroso de una fe apoyada en el prestigio de los hombres a una fe anclada únicamente en Cristo. Es descubrir que la Iglesia sigue siendo santa incluso cuando sus ministros no lo son plenamente, porque su fundamento no son ellos.

No perdí la fe cuando vi caer ciertos hombres. Perdí la ingenuidad. Y a veces, eso también es una forma de gracia.

Aquella fotografía no habla solamente de esa persona. Habla también de quién era uno. Del joven que buscaba sinceramente a Dios. Del corazón que quería entregarse. De la pureza de una vocación todavía no golpeada por tantas contradicciones. Y eso merece ser respetado.

No todo recuerdo debe ser destruido; algunos deben ser purificados. La gracia no depende de la santidad impecable del instrumento. Depende de Dios.

Quizá por eso algunas fotos no son homenajes a alguien, sino testimonio de quién éramos nosotros cuando fueron tomadas.

Al mirarlas, conviene preguntarnos menos quién era aquel hombre y más quién era yo allí. Qué estaba buscando. Qué parte de esa sinceridad primera necesito recuperar hoy.

Porque a veces la conversión no consiste en avanzar hacia algo nuevo, sino en volver a encontrar la pureza interior con la que comenzamos.

Tal vez Dios no quiera que destruyamos aquella fotografía.

Tal vez quiera recordarnos que, para encontrar al Cristo que no defrauda, primero tuvimos que ver caer a los dioses que nos fabricamos.

Él, a pesar de todo, siempre supo encontrarnos.

Que tengan Paz. 

Comentarios

Entradas populares