Halloween, santos y difuntos: lo pagano, lo cristiano y lo que es puro ruido
Por el P. Miguel A. Bruchmann
Cada año, cuando llega el final de octubre, se mezclan cosas que no tienen el mismo origen ni el mismo sentido: el 31 de octubre con sus calabazas y disfraces, el 1 de noviembre con la fiesta de Todos los Santos y el 2 de noviembre con la oración por los difuntos. Como están pegadas en el calendario, parece que la Iglesia y la cultura dicen lo mismo. Y no. La cultura popular habla mucho del miedo y de la muerte; la Iglesia, en cambio, habla de santidad y de esperanza. Vale la pena aclararlo.
Lo primero que hay que recordar es una verdad muy antigua: los cristianos creemos en la comunión de los santos. Eso significa que, en Cristo, seguimos unidos aunque no estemos todos en el mismo “lugar”. Hay quienes ya están con Dios (los santos), estamos los que todavía caminamos aquí (la Iglesia peregrina) y están los que han muerto en la fe y están siendo perfeccionados por la gracia de Dios. San Agustín y otros Padres lo explicaban así: una sola Iglesia en tres situaciones distintas. El catolicismo romano lo desarrolló con mucha claridad; el anglicanismo también lo conservó, aunque a veces use otro lenguaje y dentro de él haya matices más “católicos” y más “reformados”. Pero el punto de fondo es compartido: el amor de Cristo mantiene unida a la familia de Dios más allá de la muerte.
Ahora sí, el calendario. El 1 de noviembre la Iglesia celebra Todos los Santos (All Saints’ Day). No es un día para pensar en la muerte, sino en la victoria. Es el día en que miramos a todos los que ya están con Dios, también a los que no están en los calendarios ni tienen nombre conocido. Esta fiesta nació en Occidente cuando, en el siglo VIII, el papa Gregorio III quiso dedicar un día “a todos los santos”, y después Gregorio IV la extendió. El mundo anglicano la conservó exactamente con ese sentido: dar gracias por la obra de la gracia en hombres y mujeres de toda época. Aquí es importante no confundir: no es el día de “los muertos en general”; es el día de quienes ya participan plenamente de la vida de Dios. Es como si la Iglesia nos dijera: “Miren, este es su destino; así quiere Dios verlos”.
El 2 de noviembre llega la Conmemoración de los Fieles Difuntos (en muchas parroquias anglicanas, All Souls’). Aquí el acento cambia. No miramos a los que ya están en la gloria, sino a los que han muerto en la fe y los encomendamos a la misericordia de Dios. En el catolicismo romano esto se apoya en la convicción de una purificación final (lo que se llama purgatorio) y en que la oración de la Iglesia ayuda a esos hermanos. De ahí las Misas de difuntos, las visitas al cementerio, los sufragios. En el mundo anglicano hay más diversidad de lenguaje: las corrientes más católicas hablan con naturalidad de orar por los difuntos; las más protestantes prefieren decir solo “fieles difuntos” y subrayar que están en manos de Dios. Pero incluso ahí, cuando se hace una Eucaristía de All Souls’ y se leen nombres de personas que murieron, todos están haciendo algo muy cristiano: el amor no se corta cuando alguien muere. No es “lo mismo” que la formulación católica del purgatorio, pero sí es un gesto nacido de la misma caridad.
Entonces, ¿dónde encaja el famoso Halloween? Su nombre viene de “All Hallows’ Eve”: la víspera de Todos los Santos. O sea: nació pegado a la fiesta cristiana. Es verdad que en el mundo celta había celebraciones de final de cosecha (Samhain), con elementos de paso de estación y recuerdo de los muertos. Es verdad también que algunos grupos esotéricos de hoy hablan de “portales”, “velos que se abren” o “energías especiales” en esa fecha. Pero una cosa es reconocer que en el mundo antiguo había fiestas de temporada y otra cosa es decir que “la Iglesia robó la fiesta pagana”. Lo que suele haber pasado es más sencillo: la Iglesia vio que el pueblo vivía ese momento del año con mucha fuerza y cristianizó el tiempo, lo orientó a Cristo. No porque creyera en portales astrológicos, sino porque quiso que la gente, justo cuando pensaba en la muerte, pensara en el cielo. Es muy distinto decir “la Iglesia se apoderó” que decir “la Iglesia evangelizó el calendario”.
En el otro extremo están los hermanos que, para no caer en lo pagano, ven satanismo en cada calabaza. Aquí también hay que ser justos. No es lo mismo un niño disfrazado de pirata o de princesa que una práctica de espiritismo o de magia. No es lo mismo una fiesta de colegio que un rito ocultista. No es lo mismo una película de miedo que banaliza al demonio que una familia que esa noche reza el rosario para prepararse a Todos los Santos. El criterio cristiano no es “prohibir todo”, sino discernir: ¿esto me acerca a Cristo o me aleja? ¿esto banaliza lo espiritual o lo respeta? ¿esto confunde a los chicos? San Pablo decía: “Examínenlo todo y quédense con lo bueno”. Ese es un criterio muy sano.
¿Y qué hacemos entonces? Podemos ordenarlo sencillamente así: el 31 de octubre hay una capa cultural muy ruidosa que podemos vivir con prudencia, sin perder la cabeza ni mezclarnos con prácticas contrarias a la fe. El 1 de noviembre es claramente del Señor: damos gracias por los santos, por los que llegaron, por los que ya nos muestran lo que la gracia puede hacer. El 2 de noviembre es el día de los nombres: mamá, papá, la abuela, el amigo, el sacerdote que nos ayudó… los presentamos a Dios y pedimos por ellos. El católico lo hará con Misa de difuntos; el anglicano quizá con una hermosa liturgia de All Souls’. No son fórmulas idénticas, pero sí es la misma corriente de fondo: Cristo ha vencido a la muerte y queremos que esa victoria alcance también a los que amamos.
Dicho así no confundimos a nadie. No estamos diciendo “todo da igual”. No da igual. Cada tradición tiene su modo de expresar la misma fe. Pero sí estamos diciendo que la Iglesia —católica y anglicana— no celebra la muerte ni el miedo, sino la vida y la comunión. Y que, cuando alguien nos pregunte “¿por qué la Iglesia reza por los muertos?”, podamos responder: “Porque en Cristo la familia no se rompe”.
Que tengan Paz.
+ Miguel.




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