“Dios de vivos: cuando el futuro de Dios toca el presente”
Tercer Domingo antes de Adviento (RCL)
AT: Hageo 1,15b–2,9 · Salmo 145,1–5.17–21 · Epístola: 2 Tes 2,1–5.13–17 · Evangelio: Lc 20,27–38
Las lecturas de hoy hacen un recorrido muy humano: miedo, preguntas difíciles y una respuesta que abre futuro. No son simples curiosidades religiosas; tocan la vida real: qué nos sostiene cuando el panorama tiembla, cuando la muerte asoma, cuando la fe parece una discusión más.
Hageo le habla a un pueblo que mira un templo en ruinas y siente que lo de antes era mejor. Dios no les reprocha la nostalgia, pero los saca de ahí: “Ánimo… yo estoy con ustedes… y la gloria de esta casa será mayor que la primera” (Hg 2). No promete volver al pasado; promete su presencia en el presente. Y donde Él está, el futuro ya empezó.
El Salmo lo canta con sencillez: “El Señor es grande… cercano a los que lo invocan con sinceridad” (Sal 145). No es un Dios lejano que mira estadísticas; es cercano. Y su cercanía trae vida, y eso siempres se nota.
San Pablo sabe que la ansiedad nos descoloca: los rumores, las lecturas torcidas, los alarmismos. Por eso dice a Tesalónica: “No se dejen perturbar… manténganse firmes y guarden las enseñanzas” (2 Tes 2). No se trata de negar problemas, sino de no perder el centro. En medio del barullo, sostenerse en lo recibido: el Evangelio simple y fuerte que salva.
En el Evangelio, los saduceos —que no creían en la resurrección— buscan enredar a Jesús con un caso forzado. Él no entra en la trampa. No discute por teoría; pone a Dios en el centro: “Dios no es Dios de muertos sino de vivos, porque para Él todos viven” (Lc 20). Esa frase es un terremoto de esperanza. Jesús no presenta la resurrección como un “seguir igual pero eterno”; nos habla de una vida de Dios más grande que nuestras categorías. Donde Dios es Dios, la muerte no tiene la última palabra.
Ahora, bajémoslo a lo cotidiano, sin enroscarla:
Cuando miramos las ruinas. Todos tenemos recuerdos de “aquellos tiempos” donde parecía que la fe era más sencilla, la familia más unida, la comunidad más viva; en el trabajo había buen clima; los chicos no eran tan rebeldes. Hageo no nos reta por mirar atrás; nos invita a mover la mirada: “Yo estoy con ustedes.” Tal vez no vemos el “brillo” de antes, pero si Él está, hay futuro. La gloria no es espectáculo; es Dios presente.
Cuando el miedo nos corre. Pablo sabe que la ansiedad religiosa existe: noticias, mensajes y debates que sacuden (por estos días se ven mucho). El remedio no es endurecerse; es volver al centro: “Manténganse firmes.” ¿Firmes en qué? En Jesucristo y su Evangelio sencillo: escuchar la Palabra, orar, practicar la caridad. No hace falta inventar otra fe; hace falta vivir la que recibimos.
Cuando la muerte toca de cerca. Jesús no promete una “extensión” de lo mismo; promete otra calidad de vida. Por eso dice que en la resurrección no nos regimos por lógicas de posesión o intercambio. No habrá “mi” y “tu” como hoy lo entendemos; habrá ser de Dios. Y si ya hoy somos de Dios, la vida nueva empieza a aparecer: en el perdón que parecía imposible, en la paz que no nos inventamos, en la alegría humilde que nadie puede robar.
En síntesis: el futuro de Dios toca el presente. No se trata de escapar hacia adelante ni de refugiarnos en el ayer, sino de abrirle la puerta hoy. Por eso la frase de Jesús es el corazón del día: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.” Si Él es nuestro Dios, no hay situación sin salida. Los vaivenes pueden doler y costar, pero no estamos a la intemperie, no caminamos desprotegidos. Él es Dios cercano y Dios de vivos.
Ponele un nombre propio: un duelo, una relación que duele, una decisión que te quita el sueño, una fe que se puso áspera. Decíselo al Señor así, sencillo: “Señor, vos que sos Dios de vivos. Vení y manifestate en este episodio concreto; tené vos la última palabra acá.” No te compliques; no te hagas lío. Abrile la puerta y dejalo entrar.
Y quedate con un solo ejercicio para hoy —directo, sin vueltas—. Elegí una situación concreta de tu día (con lugar u hora) y decile sin miedo, en voz baja y con fe:
“Mi Dios es Dios de vivos; acá no tenés poder.”
Cuando Él entra, no siempre cambia lo de afuera enseguida, pero te cambia por dentro. Y un corazón que vuelve a creer que Dios es Dios de vivos ya empezó a resucitar.
Que Tengan Paz.



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