La Iglesia: primero madre, luego maestra… y siempre para "todos, todos, todos".

"Primero madre, luego maestraPrimero el abrazo, luego la corrección."


Por el P. Miguel A. Bruchmann

Hay imágenes que condensan un problema pastoral más profundo: una misa, un altar, una bandera LGTBI y un sacerdote increpado a gritos. La escena ha sido noticia, y lo seguirá siendo, porque toca un nervio expuesto de nuestras comunidades: ¿cómo conjugar la misericordia con la verdad? ¿Cómo acoger sin confundir? ¿Cómo evangelizar sin dejarse arrastrar por los juegos políticos que deforman la fe?

Desde mi seervicio en la tradición anglicana —pero sobre todo, como cristiano que intenta aprender a amar— lo primero que me nace es una certeza sencilla: "la Iglesia es para todos, todos, todos", como insiste el papa Francisco. Y cuando decimos “todos”, no es una palabra ornamental; es una palabra evangélica. “Todos” incluye a los pecadores y a los muy pecadores, a los fuertes y a los frágiles, a los que avanzan y a los que retroceden, a los que luchan con su vida afectiva, a los tibios, a los soberbios, a los arrogantes, a los heridos, a los humildes, a los que no entienden y a los que creen entender demasiado. “Todos” quiere decir “todo el que necesite misericordia”, que al final somos todos. La puerta del templo no fue diseñada para quienes se sienten impecables, sino para quienes entran cojeando (cf. “los sanos no necesitan médico” Mt 9,12).

Sin embargo, en estos asuntos es fácil que la acogida se malinterprete como aprobación, que la misericordia se confunda con permisividad o que la hospitalidad derive en relativismo. La Iglesia convoca a todos, sí, pero convoca para un encuentro que transforma. La gracia de Cristo no es un abrazo que anestesia sino un abrazo que convierte. Lo que la Iglesia sostiene respecto a la conducta humana —incluida la sexualidad, la justicia, el matrimonio, la vida familiar, la ética pública, la integridad del ministerio, la castidad, el respeto por el cuerpo ajeno y el propio— no es un código arbitrario, sino la sabiduría del amor de Dios.

Si la Iglesia calla, por cobardía o conveniencia, deja de ser madre. Y si grita sin misericordia, deja de ser maestra. Ambas cosas hieren. Ambas cosas confunden. Ambas cosas escandalizan.

A este desafío se suma otro más complejo: la política ha entrado en el templo por rendijas que no vimos o no quisimos ver. A veces se infiltra en forma de banderas, otras veces como silencios “prudenciales”, otras veces como cálculos, otras como pactos no escritos. La prudencia dejó de ser una virtud para volverse coartada; la profecía fue desplazada por el miedo a ser criticados. Y cuando la profecía se apaga, lo inmediato se convierte en absoluto; lo ideológico suplanta lo espiritual; y las heridas se hacen más profundas porque nadie se atreve a nombrarlas.

Es en ese clima donde conviene recordar la identidad más honda de la Iglesia. En la tradición católica se la llama “Madre y Maestra”, y ese orden no es un juego literario: es teología pura. Primero madre, luego maestra. Primero el abrazo, luego la corrección. Primero la mesa servida, luego la conversación seria. En Mater et Magistra (Juan XXIII), en el Catecismo y en el Evangelio late esa pedagogía: la Iglesia educa amando, no humillando; guía acompañando, no arrojando piedras.

La imagen familiar es transparente: una madre reúne a todos sus hijos el domingo, incluidos aquellos cuyas elecciones no aprueba, el que vive una vida desordenada, la nuera que le cuesta, el yerno que la contradice. Los sienta en la misma mesa, los alimenta, deja que los niños corran y jueguen por la casa, restaura en el hogar lo que fuera de casa se había roto. No niega los temas difíciles, pero sabe cuándo tocarlos y en qué tono. Lo hace cuando la confianza respira, cuando todos están alimentados y la comunión hizo su trabajo, cuando el corazón se dejó abrazar. Así educa una madre. Así debe educar la Iglesia.

Quienes se escandalizan por la presencia de personas LGTBI en una misa olvidan que la Iglesia nunca ha sido un club de perfectos. Pero quienes usan la acogida para pedir silencio doctrinal también olvidan que la verdad no es negociable cuando se trata de la dignidad humana. Acoger no es aprobar. Y corregir no es excluir. Amar no significa celebrar aquello que hiere a la persona. Y decir la verdad no es sinónimo de levantar la voz.

El Evangelio no dice “sean ingenuos”, ni tampoco dice “expulsen a todos”. Dice “amad la verdad” y “amad al prójimo”. Y amar es una tarea exigente: exige distinguir entre la persona y su conducta. Entre pecado y pecador. Entre heridas y decisiones. Entre identidad y actos. La Iglesia ha tenido que aprender esto también en otras áreas: la corrupción económica, el abuso de poder, la violencia doméstica, la manipulación espiritual, la pedofilia, la adicción, el individualismo feroz o la hipocresía religiosa. No hay pecados menores cuando dañan el alma. Y no hay pecadores sin esperanza cuando se acercan a Cristo.

Por eso importa tanto denunciar con claridad lo que destruye y acompañar con ternura a quien lucha. Gritar no evangeliza. Callar tampoco. Un cristiano —sea romano, anglicano, ortodoxo o evangélico— es profeta cuando tiene el coraje de anunciar la verdad sin perder la mansedumbre.

Recuerdo una frase que escuché en mi adolescencia: “las cosas se aprenden haciendo, en gerundio… caminando, amando, corrigiendo, discerniendo”. La unidad también se aprende así. Los cristianos no vamos a construir unidad ecuménica desde los grandes documentos solamente, sino principalmente desde los gestos concretos, desde la vida parroquial, desde la calle, desde la comunión real entre los bautizados. Porque la Iglesia, en su corazón más profundo, no es la frontera entre Roma, Constantinopla y Canterbury, sino el cuerpo vivo de Cristo en medio del mundo.

Por eso, cuando veo escenas como la de Sevilla —la bandera en el altar, los gritos, la confrontación— no las miro desde la distancia. Me duelen. Me interpelan. Me obligan a preguntarme qué tipo de Iglesia estamos ayudando a construir. Una Iglesia politizada no sana. Una Iglesia silenciosa no enseña. Una Iglesia agresiva no acoge. Una Iglesia temerosa no evangeliza.

La Iglesia que Cristo soñó —esa Iglesia que todavía estamos aprendiendo a ser— es madre que abraza y maestra que ilumina; es hospital que recibe a los heridos y es cátedra que enseña el camino. No renuncia a ninguna de las dos vocaciones. Sabe que la acogida prepara el terreno para la verdad, y que la verdad, cuando se dice con amor, es siempre una forma más alta de acogida.

Acoger no es incentivar el pecado. Y corregir no es expulsar al pecador. La clave está en ese orden que el Evangelio enseña: primero el abrazo, después la palabra; primero la mano extendida, después la luz; primero la dignidad, después la doctrina; primero reconocer al hijo, siempre, en toda circunstancia, y luego ayudarlo a crecer hacia la libertad.

Si la Iglesia olvida esto, pierde el rostro de Cristo. Si lo recuerda, vuelve a ser lo que siempre fue: la casa donde los rotos encuentran esperanza, donde los confundidos hallan claridad, donde los pecadores —todos nosotros— descubrimos que la gracia no humilla: transforma.

Que así sea.
Y que así lo vivamos.
Para que el mundo pueda reconocer en nosotros no solo doctrina, sino misericordia; no solo límites, sino caminos; no solo palabras, sino el corazón mismo de Cristo.

Que tengan Paz.

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