Dios no pertenece a la Iglesia: es la Iglesia la que pertenece a Dios
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| Vigilia de Oración Ecuménica "Together | Gathering of the People of God- 2023". |
Por el Rvdo. P. Miguel A. Bruchmann
Hay una pregunta que vuelve una y otra vez en quienes han transitado la vida cristiana por caminos diversos: “Padre… ¿mi sacramento valió?”. Quien pregunta no está buscando polémica; está buscando consuelo. Detrás de esa inquietud late un miedo muy profundo: el miedo a que Dios sea más pequeño que nuestras instituciones, o a que la gracia haya pasado de largo simplemente porque el itinerario eclesial fue complejo, pequeño, irregular o no del todo comprendido por otros.
Por eso quiero empezar diciendo algo que aunque suene fuerte, dicho con sencillez, ilumina todo lo demás: Dios no pertenece a la Iglesia; es la Iglesia la que pertenece a Dios.
Y cuando esto se entiende, las angustias sacramentales empiezan a perder fuerza.
La palabra “católico” —tan usada, tan gastada a veces— significa universal. No significa exclusivo. No significa “de mi grupo”. Desde los primeros siglos, la Iglesia se ha entendido a sí misma como un Misterio que abarca más de lo que puede contener una sola jurisdicción. La Iglesia de Cristo se expresa hoy en diversas tradiciones que conservan sucesión apostólica, sacramentos, fe cristológica y vida espiritual enraizada en los Padres: Iglesias de Oriente y Occidente, Iglesias antiguas, Iglesias nacionales, ramas del anglicanismo, viejos católicos… Todas, cada una a su modo, portan una continuidad real con la Iglesia de los Apóstoles, aunque no estén en plena comunión visible entre sí.
La teología sacramental clásica —la que compartieron Agustín, Ambrosio, Atanasio, Tomás de Aquino, Máximo el Confesor, y en tiempos recientes Congar, Zizioulas o Ratzinger— enseña que un sacramento es válido cuando se cumplen cuatro requisitos: materia adecuada, forma apropiada, ministro válido en los sacramentos que lo requieren, e intención de hacer lo que hace la Iglesia de Cristo. Estos criterios no son romanos ni orientales: son universales, comunes al primer milenio, y por tanto sirven para discernir la validez sacramental más allá de nuestras fronteras.
La historia confirma esta amplitud sacramental. Roma reconoce como plenamente válidos los sacramentos de todas las Iglesias ortodoxas, de las Iglesias orientales antiguas, de los viejos católicos de Utrecht y de otras ramas apostólicas. No hay plena comunión, y sin embargo hay plena validez. Esto por sí solo demuestra que la validez no depende de la comunión jurídica, sino del acto sacramental mismo.
Existe además un caso histórico especialmente elocuente: el del obispo Salomão Barbosa Ferraz. Antiguo pastor anglicano, fue ordenado sacerdote y consagrado obispo por Carlos Duarte Costa, obispo católico que había entrado en ruptura con Roma. A pesar de ese contexto irregular, Ferraz conservó una vida pastoral seria y una fe íntegra. En 1958, bajo el pontificado de Juan XXIII, Roma lo recibió como obispo católico, asignándolo como Auxiliar de Río de Janeiro. Y aquí el dato decisivo: no fue reordenado sub conditione. Es decir, la Iglesia católica aceptó su ordenación episcopal tal como era, reconociendo su validez. Esto demuestra que la Iglesia no puede negar la validez de una ordenación realizada por un obispo con sucesión apostólica, aunque haya ocurrido fuera de la obediencia disciplinaria. La validez no depende de la regularidad canónica, sino de la realidad sacramental.
Este dato no es opinión: está documentado en los Acta Apostolicae Sedis. Y pone de manifiesto una verdad profunda: los sacramentos son actos de Cristo, no trofeos de las instituciones.
Esto nos lleva a un terreno pastoral importante. Muchas comunidades pequeñas —anglicanas, viejos católicos, nacionales, independientes con sucesión apostólica verificable— celebran sacramentos válidos aunque no posean una “gran estructura” detrás. No todo lo pequeño es inválido; no todo lo irregular es inexistente. Lo que se debe discernir no es si una Iglesia es grande o popular, sino si conserva la continuidad apostólica y la fidelidad esencial al Evangelio.
Las confusiones suelen aparecer cuando mezclamos tres realidades distintas: validez, licitud y comunión plena. Un sacramento puede ser válido pero no lícito. Puede ser válido y lícito, pero celebrado fuera de comunión. Puede ser celebrado en comunión, y aun así ser inválido si falta un elemento esencial. La Iglesia, a lo largo de veinte siglos, ha sido muy clara: la validez depende de Cristo; la licitud depende de la disciplina; la comunión depende de la caridad y de la unidad visible. Confundir estos niveles es la causa de muchos dolores innecesarios.
Algunos, al leer esto, podrían reaccionar diciendo con cierta jactancia: “Entonces, para no dudar, que vengan a la verdadera Iglesia”. Pero esa reacción contradice la enseñanza de los Padres. San Agustín insistía en que la verdad no nos fue dada para presumirla, sino para servirla. San Cipriano recordaba que la Iglesia crece por atracción de la caridad, no por imposición. Y el Concilio Vaticano II señaló que la plena comunión es un don, no un botín. La certeza sacramental nunca debe convertirse en un arma para humillar, sino en una responsabilidad para acoger y sanar. La Iglesia no es una fortaleza desde la cual mirar con desprecio a los que están “afuera”, sino una casa abierta donde el Padre aguarda a hijos que llegan por caminos muy distintos. La verdad no aplasta: ilumina. Y una Iglesia verdaderamente apostólica no se reconoce por su soberbia, sino por su capacidad de abrazar sin destruir.
Pienso especialmente en quienes han sido heridos por la fragmentación eclesial. Personas que pasaron por comunidades donde hubo divisiones, donde algún pastor falló, donde la Iglesia desapareció o cambió de rumbo, donde se recibieron sacramentos en contextos humildes o en Iglesias que otros no comprenden. Muchos viven con la angustia de preguntarse si aquello “valió”.
Y la Tradición católica —la que se sostiene desde los Apóstoles— dice claramente: si hubo fe, materia, forma e intención recta, la gracia fue real. Dios no invalida lo que Él mismo ha hecho. Ninguna estructura humana puede deshacer un acto divino.
Al contemplar todo este misterio, vale recordar también que la Iglesia, a lo largo de su tradición, ha distinguido con sabiduría entre la validez sacramental y la plenitud de comunión visible. La gracia que Dios concede —cuando hay fe sincera, forma sacramental auténtica e intención recta de hacer lo que la Iglesia hace— no queda anulada por las fragilidades humanas ni por las historias cambiantes de ministros y comunidades. Y, sin embargo, esa misma gracia jamás deja de llamarnos a la comunión, porque el don recibido quiere florecer en un cuerpo donde podamos sostenernos, discernir y crecer juntos. Pero esa comunión no puede reducirse a esquemas donde la unidad se entiende sólo como retorno o absorción en una única estructura, como si la identidad eclesial de unos sólo pudiera existir a condición de disolverse en otros. La verdadera unidad no nace de fronteras rígidas ni de lógicas que homogeneizan, sino del reconocimiento humilde de que la Iglesia pertenece a Dios antes que a nosotros, y de que su plenitud —siempre mayor que nuestras divisiones— se construye en la apertura recíproca, en la escucha y en la hospitalidad del Espíritu.
Por eso, al final, todo puede resumirse en una frase que no es polémica, aunque sí es profundamente liberadora:
Dios no pertenece a la Iglesia; es la Iglesia la que pertenece a Dios.
Cuando una comunidad pequeña celebra con humildad, Dios está allí.
Cuando un sacerdote consagra en un oratorio doméstico, Dios está allí.
Cuando un enfermo recibe la unción con fe sincera, Dios está allí.
Cuando un bautismo se celebra en un salón prestado, Dios está allí.
Cuando un sacramento se vive en la frontera eclesial, Dios está allí.
No por mérito nuestro, sino porque Cristo prometió estar presente en sus sacramentos hasta el fin del mundo.
Y Cristo cumple.
La Iglesia pertenece a Dios.
Y Dios —bendito sea— no abandona lo que es suyo. Que tengan Paz.



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