Cuando la Iglesia pierde el norte: Masonería, ambigüedad y el instinto del altar

 



Por el P. Miguel A. Bruchmann

Hay crisis eclesiales que no comienzan con escándalos visibles ni con herejías proclamadas desde un púlpito. Comienzan con algo más sutil: una palabra ambigua, un gesto que parece inofensivo, una afinidad que no termina de encajar pero tampoco se declara. No es el error frontal lo que inquieta, sino la penumbra. No es la negación explícita, sino la dilución.

En ese terreno intermedio, donde todo parece negociable, surgen tensiones profundas. Algunos clérigos reaccionan con firmeza ante lo que consideran desviaciones doctrinales o ambigüedades morales. Otros los miran como exagerados, incluso como obsesivos. Y en medio de esas reacciones aparece un nombre que vuelve una y otra vez: la masonería.

El lector común pregunta entonces, con razón: ¿qué es realmente la masonería? ¿Por qué ha sido considerada incompatible con el cristianismo? ¿Es exageración, paranoia histórica, o existe una tensión real y objetiva?

La masonería moderna, nacida formalmente en el siglo XVIII en Inglaterra, se presenta como una fraternidad iniciática que utiliza símbolos tomados del antiguo oficio de los constructores. Habla del “Gran Arquitecto del Universo”, propone un camino de perfeccionamiento moral, promueve la fraternidad universal y el trabajo interior del hombre sobre sí mismo. No se define como religión en sentido sacramental. No administra bautismos ni celebra eucaristías. No obliga formalmente a renunciar a la fe personal de cada miembro.

Y, sin embargo, ahí mismo comienza el punto neurálgico.

El cristianismo no es simplemente una ética ni una fraternidad simbólica. No es una escuela de mejoramiento moral ni una pedagogía de virtud. Es, en su núcleo, un acontecimiento: Dios ha hablado, Dios se ha revelado, Dios se ha dado en Jesucristo. La verdad no es una construcción progresiva del hombre; es una Palabra que desciende. La salvación no es un ascenso por grados; es gracia recibida. La Iglesia no es un círculo de iniciados; es el Cuerpo de Cristo convocado por la predicación pública del Evangelio.

San Ireneo de Lyon insistía en que la fe de la Iglesia es “lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos”, no un conocimiento reservado a círculos discretos. San Agustín combatió incansablemente cualquier forma de autosalvación que desplazara la primacía de la gracia. Y cuando los Padres denunciaron las corrientes gnósticas de su tiempo, no lo hicieron por miedo al simbolismo, sino porque comprendían que toda estructura iniciática que relativiza la revelación pública termina por erosionar la confesión de Cristo como único Señor.

La tensión no es política; es antropológica y teológica.

La masonería clásica tiende a situar la religión en el ámbito privado del individuo. Cada cual puede conservar su fe, siempre que no la absolutice en el espacio común de la logia. La verdad se busca, se dialoga, se simboliza; no se impone como revelación definitiva. Cristo puede ser respetado como maestro moral, pero no necesariamente confesado como mediador único y universal de la salvación. El hombre trabaja sobre sí mismo como quien edifica un templo interior.

En el cristianismo clásico, en cambio, el templo no lo construye el hombre; es el Espíritu quien lo edifica. John Henry Newman, en sus años anglicanos antes de su recepción en Roma, advertía que cuando la religión se reduce a un sentimiento privado, se vacía de contenido dogmático real. Lancelot Andrewes, uno de los grandes obispos del anglicanismo clásico, afirmaba que la Iglesia vive de la Escritura leída en continuidad con los Padres, no de innovaciones simbólicas. Richard Hooker sostuvo que la razón tiene su lugar, pero nunca como sustituto de la Revelación.

El problema no es la fraternidad ni el deseo de perfeccionamiento moral. El problema surge cuando el marco simbólico relativiza la singularidad de Cristo y coloca la verdad revelada al mismo nivel que cualquier búsqueda filosófica honorable.

Por eso la incompatibilidad no es fruto de paranoia, sino de coherencia interna. Un cristiano puede, en el plano sociológico, pertenecer a una logia y seguir llamándose creyente. Pero la pregunta teológica es más profunda: ¿dónde reside la autoridad última? ¿En la Revelación recibida por la Iglesia o en un proceso iniciático que invita a reinterpretar continuamente los símbolos sin referencia obligatoria a la confesión apostólica?

El ministerio ordenado intensifica la tensión. Un sacerdote o pastor no es un agente moral neutral. Es custodio de una fe concreta, pública, recibida. Es, como diría san Ignacio de Antioquía, aquel que preside en la caridad visible de la Iglesia. Cuando sobre esa figura recaen sospechas de pertenencia a estructuras iniciáticas que piden discreción, juramentos y grados internos, el conflicto no es meramente disciplinar: es eclesiológico.

Se suele hablar de “infiltración”, palabra que fácilmente degenera en fantasía conspirativa. Conviene purificar el lenguaje. Históricamente, la masonería ha tenido influencia en ámbitos políticos y culturales, especialmente en los siglos de las revoluciones liberales. Eso es constatable. Pero convertir cada crisis doctrinal en un complot masónico es intelectualmente deshonesto.

La cuestión verdaderamente delicada no es la conspiración, sino la ambigüedad.

Cuando en una comunidad cristiana la centralidad de Cristo se vuelve difusa, cuando la moral revelada se presenta como opinable, cuando la liturgia pierde densidad sacramental y se convierte en mero símbolo pedagógico, muchos fieles experimentan una inquietud profunda. No siempre saben formularla con precisión, pero la perciben. Es el instinto del altar.

Ese instinto no es fanatismo. Es la intuición de que la Iglesia no puede sobrevivir como espacio de indefinición permanente. San Vicente de Lerins hablaba del desarrollo orgánico de la doctrina, sí, pero no de su mutación esencial. Y el anglicanismo clásico, cuando es fiel a su herencia patrística, no se entiende como un laboratorio de experimentación teológica, sino como una expresión histórica de la Iglesia católica indivisa, asentada en el Credo, en los sacramentos y en la sucesión apostólica.

¿Puede un cristiano ser masón? Sociológicamente, sí. Teológicamente, la tensión es grave. ¿Puede un masón ser cristiano? Puede confesarse tal, pero si el marco filosófico en el que se mueve relativiza la unicidad salvífica de Cristo, la coherencia interior se resiente.

Cuando un masón accede a círculos de fe, todo depende de lo que lleve consigo. Si su pertenencia no afecta su confesión pública, si no introduce relativismo doctrinal ni dobles lealtades, la cuestión puede permanecer en el ámbito personal. Pero si la antropología naturalista o la hermenéutica simbólica terminan diluyendo la claridad del Evangelio, entonces la comunidad tiene derecho a pedir transparencia.

La Iglesia no es un espacio de sospecha permanente, pero tampoco puede ser un territorio de sombras voluntarias. Cristo dijo que la verdad nos haría libres; no dijo que nos haría discretos.

En última instancia, el debate no gira en torno a organizaciones humanas, sino en torno al centro de la fe. Si la salvación es gracia, la cruz no es metáfora. Si Cristo es Señor, no es símbolo intercambiable. Si la Iglesia es sacramento, no es club ético.

Cuando algunos clérigos reaccionan con fuerza ante lo que perciben como heterodoxia o ambigüedad moral, no siempre lo hacen con la caridad que sería deseable. Pero muchas veces lo que defienden no es un partido ideológico, sino la claridad de la confesión cristiana. Defienden que el altar permanezca altar, que el Evangelio no sea reducido a ética universal y que la fe no se disuelva en una fraternidad simbólica.

En tiempos de confusión, la tentación es suavizar todo para evitar conflictos. Sin embargo, como escribió Hooker, la verdad no se sostiene por acomodación, sino por coherencia. Y como recordaba san Agustín, no se puede amar verdaderamente si no se ama en la verdad.

La cuestión, entonces, no es quién pertenece a qué círculo. La cuestión es si Cristo sigue siendo el centro real y visible de la comunidad. Porque cuando el centro se desplaza, aunque sea milimétricamente, todo el edificio comienza a inclinarse.

Y el cristianismo no fue edificado sobre símbolos progresivos, sino sobre una roca: Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre.

Que tengan Paz.

P. Miguel.

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