Anglicanismo de hoy y... ¿Comunión?



Por el P. Miguel A. Bruchmann.

La palabra comunión se ha vuelto bastante ligera en nuestros días. Se pronuncia con una facilidad casi administrativa, se invoca en documentos como un talismán de unidad y se presupone en estructuras que, a menudo, son solo cascarones vacíos. Nos hemos acostumbrado a tratarla como un acuerdo de voluntades, pero pocas veces nos detenemos a contemplar su peso real. La crisis que hoy atraviesa el anglicanismo —y, en rigor, buena parte del cristianismo contemporáneo— no es otra cosa que una crisis de identidad ontológica. Ni de organización, ni de estrategias pastorales: es una crisis de comunión.

Porque la comunión, en su sentido propio, no es horizontal en primer término, sino vertical. No nace de nosotros, sino de Dios. La Iglesia no es una asociación de voluntarios que decide caminar junta por afinidades electivas; es el Cuerpo Místico de Cristo, engendrado por una vida que no le pertenece. La communio sanctorum no es una metáfora piadosa, sino la participación real en una misma vida divina que, al ser recibida, se expande y nos incorpora unos a otros. Primero en Él, luego entre nosotros.

Cuando esta prioridad se invierte, el organismo se desordena. La comunión deja de ser participación en el Misterio y se convierte en un contrato entre individuos. Y aquí es donde el panorama actual se vuelve dramático: mientras unos vacían el contenido de la fe en nombre de una "inclusión" que no redime, otros parecen refugiarse en una "ortodoxia" de reacción que, paradójicamente, adolece de la misma falta de profundidad sacramental.

La tradición de la Iglesia nunca entendió la unidad como un acuerdo funcional, sino como una realidad ontológica y recibida. Comunión es compartir la misma fe apostólica —la Paradosis transmitida—, participar de los mismos misterios y reconocerse en un mismo orden que no es invención, sino continuidad. Cuando este principio se altera, no estamos ante una "diversidad legítima", sino ante una mutación del principio vital.

Hoy vemos cómo se intenta sostener la unidad mediante afinidades canónicas o consensos éticos, olvidando los criterios patrísticos y la teología sacramental. Se invoca una "iglesia más bíblica", pero se lo hace desde una comprensión eclesiológica más cercana al congregacionalismo evangélico que a la Tradición. ¿Es realmente ortodoxia una estructura que se reconoce solo por compartir un enemigo común o una historia administrativa, mientras altera elementos fundamentales del orden sagrado? Si el ADN del cuerpo se altera, la cuestión ya no es de cortesía, sino de identidad.

Para comprender esto, hay que descender al terreno donde la teología se vuelve carne. Conocí a mi padre biológico aproximadamente a los 15 años de edad,. Con ese encuentro vino el descubrimiento de que tenía otros hermanos. Uno de ellos, el mayor, reaccionó con un rechazo frontal. Me pidió que me alejara de su familia, sentenciando que "no éramos hermanos".

En aquel momento comprendí una verdad ontológica: le respondí que éramos hermanos, aunque él no lo quisiera. Nuestra hermandad no era una construcción afectiva ni una historia compartida; era un dato previo a nuestra voluntad. Teníamos el mismo padre. La fraternidad no dependía de su aceptación, sino de nuestro ser.

En la Iglesia, esto es todavía más radical. Nuestra fraternidad no se funda en una sangre biológica, sino en la Sangre del Pacto. No compartimos un origen humano, sino una vida divina sellada en la Eucaristía. Si en el orden natural la fraternidad no se elige, en el orden sobrenatural tampoco se negocia. Se recibe. Por tanto, alterar la fe recibida —ya sea por dilución liberal o por reduccionismo funcional— no es "opinar distinto"; es romper el vínculo genético que nos constituye como hermanos en Cristo.

Aún conservo un recuerdo muy querido de un antiguo director espiritual, el "Padre Obispo" Joaquín Piña Batllevell. Él decía que "la Comunión no es la sumatoria de individualidades, ni una arquitectura de consensos, sino caminar juntos de tal modo que, como los discípulos de Emaús, podamos reconocer una Presencia que nos transforma".

        Recuerdo del querido "Padre Obispo" Joaquín Piña (+2013)        

Ese pasaje es el espejo de nuestra Iglesia en crisis. Hay quienes caminan borrando las huellas del Maestro para que el camino sea más ancho y "habitable". Otros caminan con el mapa en la mano, pero han olvidado cómo reconocer Su rostro en la fracción del pan, sustituyendo el Misterio por la ideología. En ambos casos, el camino deja de ser Emaús. Puede haber estructura y discurso religioso, pero ya no hay encuentro. Cuando el humo de la ideología —de cualquier signo— oculta a Cristo, la comunión no está "herida"; está vacía.

 Nos guste o no como suene, somos parte de la única Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo y esta tiene una objetivo "universal" (es católica). La verdadera catolicidad no consiste en abarcarlo todo ni en atrincherarse en lo propio, sino en custodiar el todo recibido. Al final, la comunión no nos pertenece: nos precede, nos sostiene y nos supera. Y se rompe no solo cuando nos separamos visiblemente, sino cuando dejamos de caminar de tal modo que Cristo pueda seguir saliendo a nuestro encuentro… y ser reconocido, una vez más, al partir el pan.

Que tengan Paz.

P. Miguel+


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