Misterio de Fe: Cuando la razón se arrodilla
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| "Tomad y comed todos de él, porque esto ES mi cuerpo..." |
Por el P. Miguel A. Bruchmann
La semana pasada, conversando con un hermano de otra denominación, me preguntó con una curiosidad tan grande como honesta: «Padre, ¿ustedes también comen la galleta?». Me quedé un segundo en silencio y, con una verdadera sonrisa, le devolví la pregunta: «¿Cuál galleta?». Aquella anécdota me dejó pensando profundamente. A veces, los que estamos domingo tras domingo frente al altar, corremos el riesgo de acostumbrarnos tanto a lo sagrado que terminamos llamando "galleta" a lo que los ángeles llaman Señor. Y lo que es más grave: a veces creemos en cosas grandes, pero hemos olvidado por qué las creemos.
Esa "galleta", a los ojos del mundo, no es más que pan común. Pero para nosotros, herederos de la tradición antigua, ese pan es el lugar donde la eternidad toca nuestra historia. El problema de hoy es que nos hemos vuelto demasiado "prácticos": si no lo podemos medir o tocar, pensamos que es solo un símbolo, como una foto de alguien que ya no está. Pero la Eucaristía no es un álbum de fotos; es un encuentro real. San Cirilo de Jerusalén y San Ambrosio ya nos enseñaban que, aunque el paladar sienta pan, la palabra del Señor (invocada por la Iglesia en el poder del Espíritu Santo) ha realizado un cambio verdadero más profundo que lo que los sentidos pueden medir. "Se engañan en tí la vista, el tacto, el gusto; mas tu Palabra engendra fe rendida" (Adoro te devote, S. Tomás de Aquino). Es lo que llamamos el "Realismo de la Fe".
La Iglesia nos enseña que, permaneciendo las apariencias de pan y vino, Cristo mismo se nos da verdaderamente bajo esas especies humildes. Es la humildad de Dios, que quiso quedarse bajo signos sencillos para poder entrar hasta nuestra pobreza cotidiana. Pero cuidado: este realismo no es un materialismo vulgar. No buscamos a Cristo como quien busca un objeto físico dentro de una caja; Su presencia es sacramental y gloriosa. Recibimos al Señor glorificado (el Cristo total, como diría San Agustín) para que, al recibir su Cuerpo, nos convirtamos nosotros mismos en aquello que recibimos: Su Cuerpo místico, que es la Iglesia.
Como enseñaba Richard Hooker, el gran arquitecto del equilibrio anglicano, el Sacramento no es un objeto mágico, sino un instrumento real que nos une y nos hace participar de la Humanidad viviente de nuestro Señor. La dignidad del misterio no depende de nuestra emoción ni de nuestra capacidad de comprenderlo, sino de la fidelidad de Cristo que prometió permanecer con su Iglesia.
En este punto, es necesario hacer justicia a nuestra historia. Incluso los hermanos Wesley, tantas veces utilizados hoy como un "martillo teológico" por quienes desean reducir la Eucaristía a un simple recuerdo, comprendieron algo mucho más profundo. Su espiritualidad jamás fue la de una ausencia, sino la de una Presencia viva. En sus himnos, hablan de la comunión como fuego y medicina; se acercan a esa expresión de San Ignacio de Antioquía que llamaba a la Eucaristía pharmakon athanasias, la medicina de inmortalidad. Es pobre usar a Wesley como un garrote contra la adoración eucarística; él no predicó un Cristo ausente, él sabía que en el altar no solo se recuerda al Señor: se le encuentra.
En la última cena, Cristo no estaba haciendo literatura ni una simple imagen poética. Él, que es la Verdad, utilizó un lenguaje de realidad. En la venerable frase que ha custodiado la fe de siglos, nos dijo: «Hoc est Corpus meum» (Esto es mi Cuerpo).
La inteligencia cristiana no consiste primero en explicar la mecánica del milagro, sino en reconocer quién es el que nos invita a su mesa. Por eso no vamos al altar a cumplir un rito social, sino a ser injertados en la Vida misma de Dios junto a nuestros hermanos. La próxima vez que te acerques a comulgar, recuerda esto: no extiendes la mano hacia un símbolo vacío, sino hacia Aquel que, por amor, quiso quedarse.
Cuando el sacerdote eleva la Hostia, la razón no se apaga: aprende a arrodillarse. Porque la fe cristiana no comienza explicando el misterio, sino adorando al Señor que quiso quedarse con nosotros y que sigue dejándose reconocer, como en Emaús, "al partir el pan" (cf. LC. 24,35).
Que tengas Paz.



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